Abrazo con mi piel la escuela del estremecimiento sin esperar más que el delirio de saberme entera, de contar mis dedos y enterarme de una vez que no estoy mutilada, que mi adoración es incolora y sin espacio, que aunque esta mitad se sienta pobra y se aflija de las noches que disipan esmeraldas, aúna el lenguaje propio y consentido de la soledad que no se esconde, que no priva por hacerse al engreído encuentro de los ecos de unos labios invidentes y el saber que no está sola.
No podría ser más fervorosa por mi propia causa, la que nos rocía de sabor a almendra con los primeros avatares del sol, sol de mayo, trémulo y aborigen del verano, de un junio tan y más cercano a la estación del pálpito, de pálpitos acompasados estacionarios por contraste y contrapunto, dos arritmias regladas en el devaneo de la circular buenaventura ávida por sugestión magnética, ecléctica y profeta de nuestro presente.
Cuando las mariposas blancas decidieron convertirse en abanicos de mi rostro, se desmayó la luna avergonzada y confusa bajo la desatención de sus alas, ruborizó a las nubes y desató torbellinos de polvo, una singular manera de extender su disgregada luz y curiosear por mis impulsos redivivos, me iluminó la vida y el fallecimiento, me golpeó en la sien con dádiva y certeza al hacerme la albacea de su acaso y enardecí mi espalda con anillos y grabados para sentirme aquilatada y vulnerable, eternamente embelesada y declamando el aire entre los dientes y los extraños momentos de maña.
Sin darme cuenta, se mimetizaron mis igniciones tras las cortinas de papel, y la traza de humo que brotaba del aguacero de chispas, me hizo sospechar, me hizo adivinar, que las palabras nunca escritas eran agua de limón, que los detalles se alucian con las llamas y que apenas importaban, ¿Para qué, si el recuerdo no puede quebrarse y lo qué importa no es de memoria mojada?
Vamos a llamar a las verdades templos y a los templos tiempo al tiempo, su magnitud está por confirmar y su sinceridad bajo presión en la retina.
¡No te fíes por la costumbre del reincidente en hacerlo! observa y frecuenta las aristas en toda su fisonomía e imposibles, venera las ristras de racimos con aplausos y rielé las gracias a los dioses, sin fingimientos, de cara y cruz, de cruz y raya si es que encarta, con la boquita de piñón y las aspas asombradas y todo por el beneplácito del ten cuidado que me cuido y que te cuido, se acabaron los días crédulos por vocación, solo cabe la devota manicura, una delectación en manos de la buena compañía.