domingo, 21 de agosto de 2011

El eco de los besos me mitiga la voz,
recurre a mi lengua, la venera, la diviniza
y se endiosa.
Flamea en lo insondable de mi boca
desmenuzando aromas incorruptos,
acrisolando los murmullos en los labios.
Juega a las escondidas y adivino
y me adivina una avidez liviana,
lasciva en el imperativo de sutilidad
que aceita un cuello dócil y preso
a voluntad de quien retiene una caricia.

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