domingo, 24 de julio de 2011

El árbol desechaba sus hojas resurgidas,
se enardecía con el aura
y su dádiva le desposaba con la brisa,
una brisa,
que osaba despojar su vuelo entre las ramas.
Se alimentaba con la diseminación de la savia
y el horizonte menguaba y se creía sombra,
una pincelada de agua y tinta,
una orla confortada con el elixir crepuscular:
la madrugada
y un envite al juego de la luna,
reposada y vuelta fruto
en el punto reflexivo de su luz.

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